24 mayo, 2010

DIPLOPÍA


Me alertaron sobre la posibilidad de que, salvo que observase las muy férreas recomendaciones, acabaría viendo doble por un asunto de dudosa desviación del enfoque.

No temblé.

No dejé, acaso podía hacerlo, de continuar leyendo en los trenes de cercanías.

Era una actitud arriesgada y, aunque muchos no lo estimasen de tal modo, comprometida y honesta.

No esperaba aplausos.

Jamás me importaron.

Tampoco su compresión.

Ni las palabras que, rumoreadas, atravesaban la imagen del lunático que hablaba solo por las calles.

Hirientes, pero inofensivas...


Paradójicamente, cuando el himno anunciaba el comienzo de las hostilidades, el más valeroso de los guerreros se retiró, a la retaguardia, en busca de una posición menos arriesgada.

Una vez allí, tomó su espada y la introdujo, con vehemencia, en su estómago, hasta que su sangre bañó, por completo, las manos enguantadas.


Escribí confiadas notas en papeles membretados.

Noté el insólito calambre de la tinta cuando, como casi todas las palabras, resulta hiriente, pero inofensiva...

El rojo se introdujo, también, en el sobre y voló... aséptico.

Empaqueté en un viejo cofre, sin ningún temblor en el pulso, un puñado de notas, la tarjeta publicitaria de un restaurante con enigmático nombre en el que cené y un regalo que jamás me perteneció.

Lástima que los recuerdos no se dejaran agarrar.

Ni tan siquiera aprehender, a pesar de ser vistos doblemente.

23 mayo, 2010

EL TELÉFONO


La mujer detuvo un coche.

La luz se apagó.

Cerró su paraguas y saludó con un gesto de cabeza.

Pronunció los datos de una dirección cercana y musitó un cortés "por favor".

El conductor subió el volumen de la estación de radio.

El trayecto se hizo corto.

La lluvia se detuvo cuando ella abandonó el vehículo.

No obstante, se cubrió bajo la tela negra de su paraguas y permitió que sus pasos se perdieran en la noche, sin rumbo.


El hombre salió cargando un tiesto en el que una planta agonizaba con sus hojas secas y caídas.

Apenas dobló la esquina, depositó el bulto en un contenedor que ya había sido recogido.

Caminó, dejando que la inercia de la bajada le colocase, en un breve espacio de tiempo, a varias calles de su casa.

La lluvia había comenzado a arreciar y, en su flequillo, se sostenían pequeñas gotas que, finalmente, caían, indistintamente al suelo o a sus zapatos.

Buscó, sin resultados positivos, un bar abierto en el que apaciguar la repentina sensación de frío que se había apoderado de su garganta.

Mientras una rata se cruzaba, ante él, para esconderse en la alcantarilla, adivinó una cabina telefónica en la que guarecerse.

Buscó en su bolsillo. Introdujo dos monedas y marcó un número aprendido de memoria.


Ella, aún bajo su paraguas, se resistía a acceder a casa.

Estaba plantada frente a la puerta de entrada.

Y, en el interior, el teléfono no dejaba de sonar.

22 mayo, 2010

EL TERCIO DE DESAPARICIÓN


Puede que el texto desapareciera no por casualidad.

Nada ocurre sin motivo.

La razón de que el rejón de muerte se esfumase no podrá encontrarse en los manuales de urbanidad.

Y no fue el alcohol.

Ni el mal envite del pulso... o el pulso de un mal envite.

Y, sin embargo, pero curiosamente, jamás leeremos esas palabras, que eran más crudas que un simple fin (the end) y algo menos dolorosas que una verdad cubierta del barniz de la falsedad.

Ni siquiera el veintinueve de mis veintinueve, en el sol de mi alto tendido, me habré de acordar.

No existen trances de recuperación frente a la irracionalidad de las máquinas.

Igual tampoco frente a las personas.

Ni qué decir tiene que menos aún ante los personajes, creados con las pulsaciones infames e incomprensibles de un ciego corazón que habitó los parajes más oscuros de la desazón.

Las palabras fugitivas hablaban de descubrimientos, de búsquedas, de portes y efigies, de caracteres indescifrables, del honor de aquéllos que mintiendo abrazan, por honestidad, la verdad, y de otras lindezas que, asumo, conviene olvidar o dejar naufragar en el océano de la página en blanco.

El veintinueve (29) de mis veintinueve (29), desde el sol de mi tendido, te aprenderé a olvidar.

Y, como el texto, todo se borrará...

21 mayo, 2010

LA PINACOTECA


Ninguno de los retratos de la pinacoteca va a llorar tu recuerdo.

Yo tampoco lo haré.

Me sorprende que mi primera impresión tuya fuera oriental... sí, cuando las imágenes estaban proscritas y alejadas del conocimiento.

Luego, en dos días consecutivos de olor a salitre de playa urbana, la fragancia era de primavera adelantada y corrientes de aire fresco de la mañana penetrando por las ventanas que, por olvido, se dejaron abiertas.

Y, hoy, en esta noche aciaga de nieve derretida y de lágrimas hacia dentro, tu perfil se me antoja etrusco, rodeado de un espíritu carmesí que desdibuja tu silueta.

No lloraré, me lo prometí, frente a tu sonrisa.

Tampoco sonreiré cuando vengan a mi mente esos otros segundos en los que disfrutabas quebrantando las normas de respeto, entre las entreplantas que, fugaces, devoraban los ascensores.

Puede que el agua de las fuentes me acabe ahogando.

No ofreceré resistencia.

He descubierto que tu presencia fue la causa del sutil, y acentuado, caer de las ramas verdes que adornaban los azulejos encerados.

La noche no va a lagrimear.
Acabó odiando que todas sus historias solo fueran meras referencias.

A la luna le bastará cerrar sus ojos para imaginarte desnuda, chapoteando en las aguas lacustres.

Y nada les importará...

19 mayo, 2010

SEÑAS DE DESCUBRIMIENTO


Eras hielo mientras reposabas tras la danza del antiguo rito.

Fuiste piedra cuando, confiada, anunciaste las maldades que se cernerían sobre aquel que quedara obnubilado por tus encantos.

Habías sido fuego antes, en el entrechocar de cuerpos y piel que quebrantaba el pacífico sueño del bebé de los vecinos de al lado.

Deseaste convertirte en diamante, ese carbón precioso y brillante que, en su majestuosidad, atrae las luces para devolverlas teñidas de distancia y obstáculo.

Todo eso, y un episodio escrito en el envés de una postal, fuiste o llegaste a desear ser cuando el cristal se fragmentó en mil pedazos.

Las flores dejaron de suavizar el ambiente con su olor.

Las historias de los libros dedicados se cubrieron de una pátina de irremediable previsibilidad.

Las pulsaciones dejaron de acelerarse cuando el mensaje del portal cibernético confirmaba la reserva de habitación de un hotel desconocido.

Los regustos dejados por la visualización de las pulseras identificativas descubrieron un tono aún más amargo.

El cantante modificó el final de la última estrofa para asestar una puñalada de despecho y dolor.

Nadie se ofreció a pagar tu rescate a la libertad.

El botín de hielo, piedra, fuego y diamantes se antojaba excesivamente frío e hiriente.

Y sus señas de descubrimiento se escondieron entre las arrugas de los mapas.

17 mayo, 2010

EL BANCO


Los viejos del lugar, ésos que ahora disfrutan, tranquilos, del sol primaveral de mediodía, relatan que, aquella noche, la pareja se besó en el banco que estaba justo a la salida del parque.

También dicen, entre sonrisas, que el sol les descubrió en un bello y tierno abrazo que parecía indestructible.

Y que, cuando los gendarmes les alertaron, despertándoles de un modo menos educado del que la ocasión requería, ellos se marcharon asustados, como si una ráfaga de viento helado hubiese aniquilado el nacimiento de una orquídea.

Dicen, cuando se animan y acceden a tomar una refrescante cerveza en la mesa de mármol del único bar del pueblo, que no volvieron a verles jamás, y que el cartero del pueblo vecino aseguró haberlos sorprendido huyendo en una desvencijada motocicleta sin ningún equipaje.

Ellos recordaban que la narración de la escapada se salpicaba de gafas oscuras, una diadema con una flor indescriptible y una melena que aleteaba al viento.

Ambos sin casco y con esa liviandad que solo puede ser sinónimo de amor.

Justo después, indefectiblemente, el más anciano recuerda el incendio que asoló el parque y los gestos de todos se tornan sombríos y las palabras comienzan a escasear.

Después llegaron muchos años de aburrimiento y sordidez.

Hoy les vi.

Estaban sentados en el banco.

Ella aún mantenía un porte juvenil que contrastaba con las arrugas que surcaban sus manos.

Él miraba con gallardía al lugar que, años atrás, había albergado el parque en el que la besó por vez primera.

Se han vuelto a mirar a los ojos.

Se han besado.

Y se han fundido en un abrazo que, como aquel pretérito, resultará invencible.

Son ellos.

Lo sé.

Me lo ha dicho el único testigo impasible y mudo.

El que les ha acogido hoy como lo hizo varias décadas atrás.

El banco me habló de amor, mientras ellos caminaban tan unidos que se antojaban un único ser.

14 mayo, 2010

... (O EL SILENCIO DE LOS MÓVILES)

Hieren.
Tus sonrisas.
Tus gestos.
Tus palabras regaladas.
Maltratan.
Castigan.
Puede que tú no lo sintieras así.
Ahora que el mundo se reduce a dos números de teléfono que merece la pena descolgar.
Nadie buscará el motivo que condujo a disiparme... en una máscara de estúpida cordialidad, salpicada por episodios de repentino ensimismamiento.
Ahora que los deberes reclaman tu presencia y, sin embargo, tus dedos postulan un lirismo exacerbado, lejano de ese rigor mecanicista.
Hieren.
Tus negativas.
Tus despechos.
Tus temores.
Ahora que lo único que imagino es tu sonrisa (vertical) ante una mesa repleta de sushi.
Hoy que los uppercuts del alcohol castigan mi mandíbula.
Sí, cuando imaginas que estaré agotando mi última oportunidad ante una imagen que desconcentró... solo me turbó (y ya renuncié... desapareciendo, huyendo... como alma que portaba el demonio tras un súbito arranque de incomprensión).
Herido y absorto.
Mientras la sonrisa del mundo canturrea una sonata infantil.
Y las margaritas perfuman ese mínimo paraíso diario.
Hieren.
Y tu abrazo, escondido de la populosidad de las avenidas...
Y tus besos, proscritos en la generalidad de los mercados...
Y tú...
Esa vampiresa que (yo) herí un martes de pasión.