25 junio, 2010

RECUERDO


Tu pelo.

Tus ojos verdes.

Tu sonrisa en tus mejillas.

Tu brillo.

Tu verbo grácil en la blogia fértil.

Tus besos escondidos.

Tus territorios prohibidos.

Tus escondrijos.

Tus silencios.

Tus miedos.

Tu sinceridad.

Tu creencia.

Tu palabra.

Tus manos recorriendo cada entraña de mis entrañas.

El calor de tu abrazo.

El acompasado vaivén de tu respiración dormida en mi pecho.

Tus ojos verdes.

Tu pelo.

Tú.

Tú... mi sueño.

24 junio, 2010

EL ÚLTIMO RAYO DE SOL


Yo volví mi mirada antes de dar el tercer paso...

El tercero de la despedida.

Y juraría que vi tu gesto torcerse, como en una mueca de dolor y resignación.

Pero igual fueron los cristales oscuros los causantes de esa turbiedad.

Después, sonó la música.

Y era una antigua canción de folklore, versionada con guitarras y una voz áspera.

Yo la había escuchado varios días atrás.

Repasé las letras escritas... y la evidencia afloró.

Junto con la más pura amargura... en una rima consonante e inapropiada.

El sol golpeaba con crudeza la tarde irisada de una capital algo menos anónima.

Y, mientras caminaba intentando esquivar el tráfico, el semáforo puso su disco en rojo.

Cierto mendigo me colocó un vaso de plástico y solicitó algo más que mi caridad.

Me descubrí, estúpidamente, buscando monedas en un billetero de piel.

Y volví mi mirada, nuevamente...

Cuando ya nada podía ser atisbado.

Cuando, irremisiblemente, tu rostro, contrariado, se personaba en mi memoria.

Y la canción acabó.

Como el último rayo de sol, se escondió entre los rascacielos.

23 junio, 2010

APOLOGÍA DE LA CONTROVERSIA


Apología de las controversias.

Reductos de los conatos de enfrentamiento.

Cajas de madera que atesoran nuestro cariño, que lo custodian con mimo.

En la distancia...

Y en los ingratos recuerdos.

En la hiel que se inoculó en nuestras heridas.

En la zozobra de los naufragios asumidos.

En el compás de los lamentos.

En el dolor de los silencios.

En los surcos de las lágrimas que recorren nuestras mejillas.

En la incomprensión de los malentendidos.

En la amargura de los fraseos ajenos en los que nos vemos retratados.

En las indefiniciones del tormento.


Apología de la controversia.

Respuestas formuladas a preguntas equívocas.

Preguntas que permanecen sin respuesta.

Palabras que iluminan con un marcado sesgo de terror.

Dicciones episódicas que lastiman y devastan a su paso.

Compungidos hipidos que esconden y pretenden disimular nuestra debilidad.

La bajeza de los estratégicos ataques sin respeto a las normas de cortesía.

El temblor que provoca, en los ritmos cardíacos, un aviso rojo que parpadea sin cesar.


Apología de la controversia.

Horas extrañas.

Epílogos inacabados.

Prólogos corregidos.

Futuros obviados.

Pasados cubiertos de maldición.


Apología de la controversia.

21 junio, 2010

LA LUNÁTICA


Ella era lunática mucho antes de que la gente lo advirtiera.

Incluso, varios años antes de que los primeros rumores de que caminaba por los tejados, en las noches de luna llena, llenaran las tertulias de los cafés.

Quizá, aunque ese extremo nunca pudo ser confirmado, las palabras comenzaron su errático camino la madrugada en la que apareció, sonámbula, portando un cuchillo y con el camisón hecho un cúmulo completamente infame de jirones.

Desde aquel día, la encerraron en una de las habitaciones abuhardilladas y, en el silencio de la madrugada, los más avezados decían escuchar el fino sonido de unas uñas arañando la madera de las puertas que la recluían de la libertad.

Así, hasta que, cierta medianoche, un cuervo se estrelló contra los cristales de sus ventanas y la mujer escapó, de un brinco acrobático, de su cruel estancia fortificada.

La encontraron, con las piernas colgando, sentada en el filo, mirando hacia el vacío.

Con el vacío en sus ojos... y una calma que aterraba a los hombres más pausados.

Nadie osó molestarla.

De este modo, día tras día, noche tras noche, lluvia y sol, nieve y viento, la lunática permanecía en las alturas, cambiando de guarida pero siempre a la intemperie.

Una mañana, el hombre que se ocupaba de apagar las farolas, sorprendido, comprobó que, en ninguno de los tejados del pueblo, se hallaba la loca.

Y dio parte a las autoridades.

Pasaron las jornadas, se dictaron edictos, se organizaron búsquedas y retenes... pero todo fue en vano.

Tres meses más tarde, un viajero se hospedó en la única posada del pueblo.

Pidió una habitación con ventanas y mucha luz.

Durante la noche, asustado, escuchó como un crujido de cristales y un revoloteo asustado.

El hombre acudió a la recepción.

Musitó un nombre de mujer, mientras sostenía una mirada vacía del más profundo vacío.

20 junio, 2010

ALLÍ


Allí.

Donde la luna nos bañó con su blanca luz de deseo.

En los pliegues escondidos de los amaneceres más apasionados.

Allí.

En ese lugar que descubrimos casi por casualidad.

Allí.

En los recuerdos olvidados, en la sede de las más plácidas y lunáticas ensoñaciones.

Un escondite para la sensibilidad, un remanso de espacios escogidos para la eternidad.

Allí.

Es curioso cómo encontramos nuestros episodios aventajados cuando apenas existía una mirada común.

En un feudo que desconocía las palabras y los latidos del acompasamiento que nos regalamos... para, después, olvidar.

Allí.

Hoy he sentido esas mismas punzadas.

Como en aquellos escondrijos abiertos, cubiertos de tambores... y dolor.

Las campanadas de la iglesia han vuelto a sonar... y es una sinfonía electrónica que ahoga mis respiraciones interrumpidas.

Allí.

En un cruce de caminos en el que el mar dibujaba, y lo seguirá haciendo durante siglos, una curva sobre tu espalda desnuda.

El esquivo inicio de lo que comenzó como sueño para mutar en horrible pesadilla.

Allí.

El templo de un cúmulo de adjetivos convertidos en futuribles baldíos y yermos.

En la guarida descubierta de las fieras que escaparon de sus prisiones oscuras.

Allí.

Vuelve a caminar por esas calles en las que aguardé tu primer sí.

Allí.

Donde me prometí nunca jamás regresar.

18 junio, 2010

LA MARIONETA


La marioneta está triste.

Arrebujada en las frías láminas de parquet de un escenario a contraluz.

El desconsuelo reina en su cara... y ni siquiera el maquillaje permite evitar el devastador efecto de la desazón y el apesadumbramiento.

Se siente incómoda en su peculiar, y brillante, traje de noche...

Una fuerza inusitada la atrae, como si de la gravedad se tratara, hacia la más inexorable caída.

Y siente que todo su arrojo se ha convertido en parsimonia y temor.


La marioneta está triste.

Esconde su dolor en silencios (sostenidos con la fuerza del propio aguante) y en el calor de un aplauso que, sin embargo, no le resulta suficiente como para justificar sus errores.

Ha impostado demasiado la voz en cada una de sus intervenciones y, ahora, tendida en el suelo, cierra sus ojos, ultrajando sus más íntimos principios.

El telón ya ha caído, pero su batalla no ha hecho más que comenzar.

Las luces parpadean... antes de apagarse.

O, igual, ya se apagaron.

Las brújulas desorientan con vigor cuando los ojos están cerrados.


La marioneta está triste.

Ninguno de los que aplaudieron lo supo advertir.

Se levanta tranquila y camina hacia su camerino.

Alguien dejó preparada una copa de champagne helado.

La mira, con los ojos entornados, con su mirada felina.


Bebe con rapidez... y arroja la copa al suelo.

La marioneta está triste.

Las luces de los veinticuatro horas continúan encendidas.

Pero el neón no es la luz que ella esperaba.

Y aguarda, en silencio y en tristeza, la llegada del día.

15 junio, 2010

DESASTRES COTIDIANOS


"Y si te dicen que duermo de día, y es verdad, y es verdad... No te olvides que soy grande porque tengo multitudes que me esperan afuera". No son horas. Andrés Calamaro.


Desastres cotidianos.

En la cocina, en el baño, en el patio de vecinos y en la cuerda de tender.

Pánico de un martes anodino.

En las venas, en la mente y en el acompasado bombear del corazón.

Horror de parajes olvidados.

En los patios de la escuela, en los bancos de los parques y en las habitaciones, previamente reservadas, de hotel.

Miedo a la inspiración en su secarral.

En los versos, en las postales y en los cuadernos adornados con flores árabes.

Catástrofes manifiestas.

En las hojas garabateadas y arrancadas, en el papel metal que reposa, usado, en las papeleras y en los cruces para peatones manchados de sangre carmesí.

Lamentables desgracias.

En los calendarios de fechas tachadas, en las cubiertas ajadas de agendas regaladas y en las notas olvidadas en el primer cajón de las mesas ajenas.

Sucesos inclasificables.

En el champagne amargo, en las fresas que se han agriado y en las piezas de sushi que enmohecieron esperando su oportunidad.

Desastres cotidianos.

En las taquillas de entradas agotadas, en las plateas vacías y entre las bambalinas donde susurran nuestros fantasmas.

Desastres cotidianos.

En las venus despistadas, en las lunas violadas y en las estrellas que apagaron su luz.

Solo, y nada más que, estos desastres cotidianos.