11 julio, 2010

AHORA


A Ignacio Ara y a todos los que son capaces de vislumbrar el amargo sabor de la maldad.


Quise caminar, contigo, por calles paralelas de oro y plata.

Contigo.

Y, sin embargo, tú entregaste tus sonrisas a un cerebro mecanicista e integral.

Ahora, cuando mis huesos debieran volar al lugar de plata, mi corazón continúa bombeando a ritmos insanos y peligrosos.

Ahora.

Ahora ya nunca será contigo.


Las inquietudes se revelaron, posiblemente, menos dolorosas de lo esperado.

El viento permanecerá soplando, agitando con mimo la tela de las banderas.

Los estafadores se citan con sus propicias víctimas en plazas céntricas.

El viejo Ara reveló, en su lecho de muerte, su incomprensión respecto de aquella derrota en la plaza de toros, con el título Mundial en juego.

El dolor en sus costillas, permanecía.

Hoy (ahora), casi nadie recuerda aquella batalla.


Tuve que firmar un contrato para encerrar mi compromiso de visita a la otra plata.

La del río.

Aquélla en la que, si las premisas son acertadas, sellaré, con permiso de la eternidad, una promesa ineludible.

Eso será un futuro, que no depende de las palabras.

Que se envilece con las palabras.

Con mis palabras, ahora.


El sudor enseñoreaba mi frente.

Dibujé dos iniciales en un billete que jamás utilizaría.

Sonreí.

Y bebí un dudoso vaso de vodka y limón...

Ya no pensaba en términos de tiempo.

Y su llamada quebró el pesar y la empatía, cubierta de ánimos, de tu mensaje en la madrugada.

De tus palabras de ahora.

De un ahora que ya no es contigo.



06 julio, 2010

LA PÉRDIDA


Se sentó al ordenador e intentó recomponer sus ideas.

Sabía que todo sería en vano.

Pero deseaba demostrarse que sus ánimos le hacían ver más allá de los cinco días futuros siguientes.

Comenzó a recordar.

Sorprendentemente, cuando tenía casi escrita la primera frase, se le presentó la imagen de una agenda de tapas de plástico negra que aparecía, de un modo sorpresivo (y sorprendente), entre sus sábanas.

Quiso recordar.

Buscó una explicación.

Dibujó probabilidades.

Y se encontró, otra vez, con el vacío.

Dejó pasar unos minutos, tranquilo, escuchando las versiones de las rancheras de J. A. Jiménez.

Hasta que se entretuvo en un párrafo aleatorio del escrito de la noche anterior.

Sus líneas le llegaban a oleadas y sus dedos escribían al dictado de algún ser superior.

Encegueció su pensamiento...

Pasados unos minutos, y como recién salido de un estado de difícil definición, observó la pantalla y descubrió el texto, ese texto (escrito, esta vez, en una segunda toma... igual de real, igual de cruda).

Pulsó un botón de la pantalla con el puntero.

Y volvió a suceder.

La pantalla se coloreó de negro.

Miró al frente y adivinó un libro que ya había leído.

Accedió al portal de una red social, deseando llevar a cabo una actuación que no se atrevía a acometer.

Sentía el final muy cercano... e, inquieto, se apresuraba a saldar cuentas pendientes.

Faltó arrojo.

Abrió un documento en blanco y se prometió continuar escribiendo sin seguir ley alguna.

Hasta que amaneciera...

Quizá, uno de los últimos amaneceres...

04 julio, 2010

ALDO


Aldo vivía en un lugar apartado lejos de los bocinazos y del calor que despedía el asfalto en el mes de julio.

Aldo no era feliz.

Rara vez lo había sido.

Durante los últimos años se conformaba con esa reposada tranquilidad que le ofrecía disfrutar de un partido de fútbol en la televisión, con un whisky bien frío, o la reposada lectura de un libro de poesía o una novela en la butaca del jardín, durante la noche iluminada por el zigzagueante ondular de la llama de una vela.

Algo muy parecido a la felicidad y, por lo tanto, irremediablemente distinto.

Fue con la llegada del invierno que Aldo, aislado en su peculiar cárcel de grandes ventanales y vastas extensiones, comenzó a caminar por los senderos de la obsesión.

Primero fue el parpadeante fogonazo que adivinaba en el raso cielo de la madrugada.

Y transcurrió noches enteras ante una bóveda oscura y exenta de luminosidad.

Después advirtió la presencia de animales que velaban su sueño al lado de su cama.

Un buey, una mula, una serpiente de cascabel y un caballo. Y todos, sospechosamente, pretendían herirle, pero ninguno, quizá influidos por algún raro magnetismo, se atrevía a lanzarse ante su indefenso cuerpo que yacía bajo los ropajes.

Más tarde, en una visión que le acompañaría durante el resto de su vida, Aldo recordó el movimiento de una mujer desnuda que, con agilidad, abandonaba la cama y su pecho se movía con belleza y elegancia.

Se ensimismó.

Subió a su desván y comenzó, completamente poseído, a desembalar los paquetes que los empleados de la compañía de mudanzas habían apilado en una esquina.

En unos minutos, el suelo estaba repleto de lienzos, pinceles y óleos y, durante tres días consecutivos, con sus íntegras noches, pintó con denuedo e inspiración.

Hasta que desvaneció, fruto del desmayo y el agotamiento... del vacío.

Cuando despertó, tomó un bote de gasolina, roció la tabla y le prendió fuego.

Hizo dos llamadas de teléfono, ambas de muy corta duración, y se marchó.

Tras el vuelo, Aldo alquiló un coche y se dejó guiar hasta un pequeño acantilado, en el que esperó hasta que la muerte se avino a saludarle.

Hoy, cuando el agente inmobiliario se ha marchado después de estampar mi firma en el contrato, he descubierto, en el desván, una vieja nota manuscrita.

Y la frase que contiene serpentea por mi cabeza...

Como si quisiera asesinarme.

01 julio, 2010

LA EXPLOSIÓN


Hay vidrios hechos añicos en el suelo.

Los rompí yo.

Hay sangre descendiendo por mi brazo.

Es mía.

Se escucha el ruido acompasado de golpes en perfecta sintonía.

Son mis sienes.

El aire es atravesado por un fulgurante y denso olor a alcohol.

Proviene de mi garganta.

En el suelo, surcando un suelo de baldosas limpias, un reguero discontinuo de lágrimas.

Mis lágrimas.

Encima de la mesa, varias pelotas arrugadas de papel.

El papel de mi cuaderno de tapas adornadas con motivos florales.

He descubierto, encima de mi cama, manchas que generan estrías.

Manchas provocadas por mi interior.

Masas deformes y cascotes se anuncian como los restos del final.

El final de mi mundo.

Todo se rompe en el mundo... En mi mundo.

30 junio, 2010

CONTRASTES (DE ROJO Y NEGRO)


Eres roja y negra.

Quizá no un negro inamovible, pero sí lo suficientemente intenso como para herir (que es dolor y es doler).

Los espejos se han quebrado y mi imagen, como antes, tampoco se refleja en ellos.

Sorprendida, adviertes que tu silueta no se encuentra plasmada en los pedazos de cristal (y, curiosamente, recuerdas una anécdota interpolada en una novela que decidiste no acabar... para no cuestionarte con sus preguntas).

Eres roja y negra.

Los discos de vinilo se han estropeado y su música ya no es la ópera que soñaste compartir en palacios temporalmente arrendados.

Las banderas ondean sin sentimiento entre un viento cuyo nombre de pila fue aire... y ruido.

Los músicos han guardado sus instrumentos en las fundas de piel y, en la barra del bar, comentando que los encontraron desafinados durante la actuación... pero nadie pareció percatarse.

Los viejos camareros han olvidado tu presencia y guardan sus secretos juegos de palabras para impresionar a otras mujeres que, sin embargo, no adivinan la pureza y altura del artificio.

Eres roja y negra.

Ya no contestas a las misivas.

Ya ni siquiera las esperas.

Te has vuelto roja y negra.

27 junio, 2010

LOS DEMONIOS


Los demonios volvieron a aparecer.

Mientras llovía y la luz se refugiaba en la mayor de las oscuridades.

Me visitaron.

Se sentaron a mi mesa y quisieron concelebrar una cena despiadada y horrible.

Me visitaron.

Y juraron, en su despedida, que no volverían a inquietar mi sueño.

Pero lo hicieron.

Sin piedad.

Sin caridad.

Y sin temblor.

Con crueldad y presteza.

Sin titubeos.

Mientras llovía y la luz se refugiaba en la mayor de las oscuridades.

LA TORMENTA


Puede que no sintieras nada en la madrugada de ayer.

Mientras los taxis recorrían Madrid en una aceleración vertiginosa y deambulatoria.

Puede que ni siquiera tomaras en consideración esa punzada en alguno de tus dos corazones.

Cuando las abultadas gotas de agua golpeaban los tejados.


Y, sin embargo, mis sienes rebotaban, profundamente alteradas.


No recuerdo si fue en un momento de desmayo o de terror.

Rememorando aquellas interminables horas en los jardines de una ciudad casi desconocida y ambigua.

No recuerdo si fue en la primera de las noches, y quizá tampoco quiera hacerlo.

Porque la memoria me haría caminar en una línea vertiginosa que comulga del temor y el vacío.


Y, sea como fuere, la noche bañaba de oscuridad... y era solo oscuridad.


Hoy no volverá a llover.

Hoy no recordaré tus sonrisas.

Ni tan siquiera, tus infantiles súplicas ante las que me rendía como un pequeño consentidor.

Hoy no volverá a llover.

Quizá nunca lo vuelva a hacer.

Y pierda mis pasos en la Calle Acuerdo.

Tambaleando mis pasos por los devastadores efectos del alcohol.


Rezando por una lluvia que me devuelva tu despiadada presencia.