02 agosto, 2010

AL AIRE


El cielo parecía más azul que de costumbre.

Y, de repente, como si se hubiese cubierto de un manto, ennegreció.

Aceleró el paso y evitó a un mendigo que le requería limosna con un grito desgarrado.

Ascendía por la calle a un ritmo endiablado y notaba las pequeñas gotas de sudor que plagaban su espalda.

Deseaba que el tiempo pasara rápido... muy rápido.

Y que las estrellas de la ciudad volviesen a lucir... o, al menos, contar con la seguridad de que jugueteaban en la bóveda del firmamento.

Continuó caminando a un ritmo apresurado, deseando alcanzar su calle.

En la esquina, un hombre cogía un periódico, lo lanzaba al aire y sonreía mientras las hojas le caían sobre la cabeza.

Después, repetía y repetía la operación.

Sonriente.

Dubitativo, optó por dejarle con su inquietante actividad.

El terreno se escarpaba y boqueaba en busca de algo más de aire.

Tenía un rostro en la mente, una sonrisa... un adiós bañado en algo parecido a tristeza y una punzada en el corazón.

Dijo su nombre entre dientes.

Y se sorprendió lanzando las cartas de su buzón al aire, una y otra vez...

Sonriente.

Ensimismado.

Feliz.

Enamorado.

26 julio, 2010

LOS PAPELES


Nadie lo sabía, pero todo era mentira.


Por eso, día a día, con ilusiones renovadas, adquirían el diario y leían, con interés, la columna de aquel intrépido reportero.


Y, entrega a entrega, seguían sus andanzas por los más recónditos lugares del planeta, sintiendo como propias las aventuras y perfilando los avatares como si se jugasen en la ruleta de la propia existencia.


Pero todo era mentira.


Sin embargo, a todas luces, las historias resultaban lo suficientemente creíbles.


Con esa pizca de inverosimilitud que acontece en la realidad cotidiana y que separa la narración ficticia a la que se pretende dotar de precisión del devenir mundano y banal que, por su parte, admite las dosis más inesperadas de irracionalidad y magia.


La paradoja alcanzó cotas mayúsculas cierto día en el que, por estrictas motivaciones publicitarias, la columna tuvo que dejar paso a un faldón que refería las maravillas del nuevo automóvil de gama alta de la, autocalificada, marca más premiada de la historia.


La avalancha de correos electrónicos y cartas al director fue tal que, por vez primera, el propio Director del rotativo se vio en la obligación de tranquilizar a sus lectores, manifestando que había sido una ausencia debida a las paupérrimas ocasiones en las que el redactor venía transitando por Swazilandia.


Aquella comunicación engordó el mito.


Y los corrillos de gente en el trabajo aumentaban, en su cantidad, para abordar las peripecias y andanzas del escritor.


Hasta que un día, y fruto de un infortunado accidente de tráfico, el periodista falleció.


Y la realidad brotó al pie de su última (e inventada) crónica.


Decía algo así: "Nuestro compañero _______________ falleció, en la noche de ayer, cuando su vehículo se estrelló contra la fuente de la Plaza _________ de nuestra ciudad. Los miembros de la redacción rogamos una oración por su alma".

24 julio, 2010

INDETERMINACIÓN


Inclinas el cuello.

Miras a un lugar indeterminado.

El escenario que te acoge, curiosamente, no es indeterminado...

Pero para mí, sí.

Ya no derramo lágrimas.

Tan solo persevero en el sufrimiento individual y solitario.

El de los lobos que han sido atacados y regresan a su jauría...

Aunque solo a morir.

Ya ni siquiera sueño con números acertados.

Ni con las habitaciones de hotel con ventanales abiertos.

Hoy va a llover en Viena.

Mi espíritu adolece de mayores ilusiones.

Cuando las cartas están marcadas, no cabe la posibilidad de ganar.

La voz del canto de la ruptura no significó nada para ti.

Y te permitiste introducir tu bosquejo de humor en un bosque (el mío) de horror.

Alguien me preguntó por tu presencia.

Y yo, en silencio, le advertí sobre tus ausencias.

Indeterminadas.

En los lugares indeterminados para mí.

22 julio, 2010

IRREDUCTIBLE SENSACIÓN


¿Viste?

Las madrugadas no son tan frías.

Y allí lo serán.

Ellos elucubran sobre futuribles.

¿Verdad?
Pero nadie nos podrá arrancar nuestro sueño.

Miro al frente.

He olvidado mis gafas y la nebulosa es un concepto certero.

Pero siento tu sonrisa y tus ojos cerca de mí.

¿Un sol rodeado de franjas de cielo?

Todo eres tú.

Porque tú eres todo.

Hay llamadas que no voy a contestar.

Muchos discursos que no pronunciaré.

El doctor avisó de una doble visión, pero no evité esas lecturas prohibidas.

Me mordí la lengua, quizá como tú, para no expandir al viento nuestro secreto.

¿Verdad?

O la vista, congelada, de un sol rodeado de franjas de cielo.

20 julio, 2010

LA MESERA


Tenía ojos turquesas de los que derriban imperios y adornan a los generales vencedores (ésos que aún no conocen que su primera derrota ya ha llegado).

Tenía veintisiete años pero su historial refería episodios más propios de veintisiete vidas turbulentas y desgarradas (ésas que ocupan los temas de biografías de librerías escondidas).

Tenía pecados cometidos que aún no habían sido ni imaginados cuando Eva decidió arrancar el fruto del árbol prohibido (esas conductas que detienen corazones y asoman cuerpos a los precipicios).

Tenía canciones y poemas dedicados con la suficiencia con la que otros colecciones veladas en soledad tras invitaciones rechazadas (ésas que culmina con pesadas y dispares borracheras y exaltaciones impropias).

Tenía peligro en sus manos y verdad en cada palabra que salía por su boca (esas armas arrojadizas para las que el legislador penal olvidó tipificar sus acciones).

Tenía seguridad en que la vida es una y que conviene arriesgar un poco de cuero en cada embestida aunque el lance pueda resultar poco propicio (y sea resquebrajado por un espíritu pragmático y poco soñador).

Tenía un libro a medias de leer, un sueño que no deseaba realizar y un billete de avión para un destino que los mapas no mostraban.

Tenía miedo y sentía que los relojes se habían parado mucho tiempo atrás.

Tenía ojos turquesas y sangre ajena recorriendo sus labios.

EL CAUTIVO


Faltan unos años para que suceda.

Pero mis ojos ya lo han visto.

Es noche cerrada.

Pero en el interior del bar, la luz ni siquiera hubiera podido penetrar.

El camarero nos ha servido dos vasos bajos llenos, hasta sus bordes, de tequila.

Y, tras beberlos, los hemos apartado al extremo derecho de la mesa.

Junto a los otros doce.

Yo he intentado levantar mi mirada.

Reconozco en tus ojos aquella desafiante tonalidad, incluso ahora que manchas violáceas ensombrecen las comisuras de tus párpados.

El camarero no nos ha reconocido y nos observa con cierta indiferencia desde la defensa de su barra de mármol impecable.

He levantado el brazo derecho y, en apenas unos segundos, el sonido de los cristales ha anunciado la llegada de un nuevo golpe de alcohol.

Nadie queda en las mesas del bar.

Los periódicos de hoy son ya del día de ayer.

Y la radio se ha apagado.

Tú, imagino, permaneces en el silencio de la incomprensión.

Yo habito en el cautiverio de las heridas sin cicatrizar.

Y, como viejos enemigos, no sabemos aguantar los pulsos salvo en el más respetuoso, y beligerante, de los silencios.

Hemos vuelto a beber.

He reprimido un insano, y fugaz, deseo de besarte.

Tambaleándote, has buscado mis manos.

Y has roto tu vaso en ellas.

Mi sangre brota tranquila... como el silencio de mi arrebatado dolor.

Ninguno va a pronunciar palabra alguna.

Como en todos los años que restan para que esto suceda.

13 julio, 2010

LA LIBERTAD


Ella viajaba siempre con una maleta.

Vacía.

Es decir, no completamente inservible, pero casi...

Sin embargo, sin ella se sentía desnuda.

Vacía, podría decirse... de no ser porque la que realmente estaba vacía era esa valija.

Cierta noche, en la que caminaba por la arena de una playa arrastrando las ruedas de su inquebrantable compañera, un cangrejo se cruzó en su camino.

Era pequeño y caminaba hacia atrás.

La mujer se apartó el pelo de la cara y, con una genuflexión, se agachó para intentar atrapar al crustáceo.

El animal se escondió en la parte baja de la maleta, desapareciendo del abrazo que pretendía articular la errante dama.

Su amistad duró muchos años y el animal acompañaba a su recién conocida amiga en las peripecias y destinos más recónditos.

Ella respetaba que él se hospedase en los bajos de la maleta y se reconfortaba con el conocimiento de su sola presencia.

Sin mayores peticiones. Sin demostraciones de efusividad alguna.

Varios años después, posiblemente en Helsinki, el cangrejo comenzó a llorar y se desprendió del que había sido su refugio.

Echaba de menos la arena de su playa natal.

La mujer, alertada de la situación, sintió, por vez primera en su vida, la congoja de lo que se le antojaba como una pérdida irreparable.

Y, como despedida, pretendió abrazar al cangrejo.

Éste, en un movimiento rápido, huyó y la mujer jamás volvió a verlo.

Las voces más autorizadas juran que, en un acceso de pánico (algunos lo calificaron de amor), adquirió un cuchillo de larga y afilada hoja.

Esperó a la madrugada.

A que la luna bañara la playa.

Y deshizo en mil jirones la tela de su maleta.

Después comenzó a caminar en dirección al mar.

Hasta que se fundió con él.

Sin respirar.