20 mayo, 2009

MAR


Veo tus pies, sobre un lecho de piedras, en las cristalinas aguas del tranquilo mar que baña nuestras desesperaciones.

Los tambores de la batalla aún resuenan al fondo del mosaico guerrero (cubierto de fuego y preñado de sangre).

Permaneces ajena, extraña a todas mis insomnes cavilaciones, musa pretendida que confiere profundidad al bodegón retratado en el ambiente.

En el cielo, justo en la línea donde se besan las aguas y las nubes, el conflicto se plantea en términos de ajuste (y fricción) del armisticio.

Tu cuerpo desnudo, de espaldas, es la enésima maravilla que otorga un creador respecto del que perdí mi fe, en algún acceso de temor, representado en el barroco oratorio.

El suelo abrasa. El magma poderoso (subterráneo), a borbotones, golpea mis extremidades como el preludio de un caos definitivo.

Te giras, buscando mi presencia.

Coqueta, cubres tus senos con las manos y, sorprendida, agachas tu cuerpo para recoger un caparazón del suelo.

Abrasa y lo sueltas. En el choque, la estructura se parte en mil pedazos y mi melena cubre unos ojos que reflejan el dolor de las batallas perdidas.

Suspiras.

Tú sueñas con niños, al sol, saltando a la comba.

En mi mente, una mujer devora a su propio hijo, al escuchar los tambores del ejército enemigo.

18 mayo, 2009

MB


"Como suele ocurrir en estos casos, el singular vampiro anónimo es venerado como un mártir". (Historia de vampiros. Mario Benedetti).

Recuerdo una noche de verano,
con bandoneón y el puerto (de presencias),
el perfume embriagador desconocido,
y una vieja sonata de pescadores.


Llegaste, como las primeras lluvias,
en las madrugadoras primaveras,
haciendo brotar ilusión y risas,
con conciencia de bien y dulzura terrenal.


Hoy, con los claroscuros de las tinieblas,
el murmullo de la desolación aparece,
agilizar una despedida (que es dolor)
y asoma el llanto escondido.


Aún mantengo pendiente la quema de los cuadernos,
aquéllos que escribí con bolígrafos de tinta seca.
Permanezco odiando todos los versos
que me cobraron el precio de mi propio existir.


Ayer buscaba la estética de la elegancia,
y recurrí alguna conductora contraventora,
sintiendo nulas expectativas de vencer.
Hoy, con el viento golpeándome las alas,
dejo que la vida escape a los motivos
y brindo, con el recuerdo,
para no olvidar jamás.


Allá donde continúes escribiendo,
no permitas que el silencio apague tu voz.
En las paredes de alguna habitación
continúa, alzada, Táctica y Estrategia.

17 mayo, 2009

TIEMPOS


"En la cruz de tu candado, por tu pena yo he rezado, y ha rodado en tu portón una lágrima hecha flor de mi pobre corazón..." (Nada. José Dames).

El olor de la lluvia caída durante la noche aún pervive en la madrugada.

En el jardín, como reina del lugar, se alza una bella orquídea contoneándose por el viento que baila con suma delicadeza.

Los pasos del hombre son suaves, leves, marcando apenas la hierba húmeda, notando como, progresivamente, sus zapatos se calan.
Nada parece importarle.

De las entrañas de una madrugada que se ha convertido en desasosiego, parece llegar el cántico lejano de una jauría eterna que, representación cruel de la más pura estantigua, se acerca hasta él.

Siente pesar y se interroga sobre el punto común que ha desperdiciado, tantas veces, por confluir en un tiempo negativo, inadecuado, inapropiado... maldito. Pero reconoce que, en determinadas encrucijadas, no sería capaz de percibir mejor salida que la vivencia (si es que cabe alguna otra) y el dejar fluir (no sabe abandonar su compromiso con la honestidad).

Y la orquídea se le antoja como la más bella creación de la faz de la tierra. El elemento que derrocha un suntuoso primor, esencia destilada del sentimiento más hondo y real.

Recuerda la flor de su deseo, la de la mujer deseada y, como en un sórdido empellón, vuelve a su mente aquella otra, la de la mujer amada... Es un impacto brutal, repentino, como los haces de luz de los vehiculos que golpean a los ojos tras una curva inesperada.

El intervalo es mínimo... pero existente.

Comienza, de nuevo, a llover. Deja que el agua, fría, le bañe la frente y mira a la flor que, indefensa, recibe el bombardeo del cielo.

Pretende vaciar sus recuerdos de imágenes que le motivan todo tipo de sensaciones... Asume cierta culpabilidad, pero todo es en vano.

La orquídea no aguantó el chaparrón y sus pétalos permanecen, aún vivos, arrastrados en la hierba, escuchando, quizá también, a lo lejos, el anuncio que presagia la muerte.
Su responsabilidad le inquiere a que pisotee los pétalos, pero su sentir le hace bordearlos, sin reprimir un vistazo que guardará en su memoria por siglos.
Y las lágrimas se confunden con las gotas de agua.

16 mayo, 2009

14 ROJO


El jugador bebe su whisky doble con hielo.

El tintineo de los hielos le acompaña y resuena cuando se acerca a la mesa.

El resto, con cierto temor y respeto, le observan.

Mueve ligeramente su mano izquierda y deposita varias fichas en el 14 rojo.

La ruleta gira. Las mujeres apoyan sus cuerpos en los hombres que, impertérritos, permanecen atentos al rodar de la bola.

Pierde.

Ella es rubia (el reflejo de la luz otorga a su pelo un color indescriptible) y le dedica una media sonrisa (la de conmiseración con el perdedor).

Aléjate.

Lo puede escuchar de una voz que brota de lo más interior de su propia existencia... Quizá, algunos, lo denominaran conciencia... Pero sólo quizá.

Vuelve a apostar al 14 rojo.

Moja sus labios en alcohol y cierra las ojos.

El crupier entona el recurrente "no va más". La bola cae en el 2 negro.

Le molestan las luces y recuerda que, al igual que determinadas madrugadas, siempre le sorprenden sin gafas de sol.

Abre su billetera y extrae todo el dinero. Solicita al crupier que lo canjee por fichas.

La mujer rubia sostiene su mirada, sonriente, implorándole para que le acompañe (en la mesa) un poco más, una jugada tan solo...

Aléjate.

Apuesta al 14 rojo.

El crupier asume que la jugada es demasiado arriesgada. Engola su tono para repetir "no va más".

La bola rueda, lamiendo la madera de los contornos de la ruleta, hasta que comienza a perder velocidad.

Entonces la luz se va... Y suena un chasquido (clic, clac) que anuncia que la jugada ha terminado.

El jugador se mantiene firme. La mujer, en la oscuridad, siente como unos labios presionan los suyos y el calor de un beso.

Pasados cinco segundos retorna la luminosidad.

13 negro.

Pero el jugador sabe que ya ha ganado.

12 mayo, 2009

DROGAS

La música suena con violencia extrema...

Un tango de Cadícamo interpretado por Gardel.

Después, intenta recomponer algún desajuste mental y asimilar la noticia de la muerte (sobredosis) del antiguo compañero de pupitre (en ocasiones, decir esperado no significa exento de dolor).

No quiere recorrer más noches oscuras y eternas o, al menos, no en la soledad que deparan algunas perdidas de consciencia y rumbo (el mar es inabarcable y las cartas de navegación sirven, únicamente, para los que mantuvieron la capacidad interpretativa intacta).

En su buzón de correo electrónico parpadea el aviso de un mensaje (nuevo) recibido.

No contiene texto alguno y adjunta un documento gráfico.

Presiona repetidamente el puntero sobre el icono, y la imagen aparece, magnífica, radiante... y letal.

Media sonrisa, medida, el pelo largo tocado en un cuidadísimo recogido, la postura desafiante pero cordial (con esa mezcla de cercanía que permite asegurar el carácter intangible, inaprehensible para los que se acercan deseosos a ella...), un fondo de jardín con fuente en el lateral... el sol cayendo oblicuo. La maravilla convertida (perfilada por el cincel del maestro escultor) en realidad, el deseo hecho mujer...

Entonces cierra los ojos, dejando volar su imaginación. Sonrisas (cómplices), guiños (próximos), confesiones (rendiciones), respiraciones (simultáneas) y varias despedidas en madrugadas con temor a besar.

¿Existe distancia de seguridad cuándo se pretende evitar el peligro?

Quiere eliminar la instantánea del archivo de su ordenador, al tiempo que piensa que es irremediablemente inútil, puesto que ya ocupa un lugar (interno) inmune al borrado.

Rebusca en su bolsillo, encuentra la bolsa transparente de plástico y vierte parte del contenido sobre la mesa, alineándolo con cuidado y esmero. Agacha su cabeza y, tras una fuerte inspiración, sostiene el negro que le devuelven sus ojos cerrados.

Vuelve a la comunicación electrónica que le participaba del fin de su amigo.

Asciende el volumen de los altavoces y se repite que, no por casualidad, droga es un nombre de mujer.

SUICIDIOS


Era la quinta vez, en menos de dos meses, que acudía al cementerio.

La viuda lloraba desconsolada y, al final del duelo, un hombre, sigilosamente, preguntaba qué habría llevado al finado a tomar una decisión tan radical.

"Dicen que tenía problemas con el alcohol" -le susurró el otro en un tono que advertía culpabilidad.

El hombre se resignó a escuchar la letanía de oraciones (le sacudía la cabeza la escucha de la misma plegaria y le evocaban los entierros en los que últimamente se había personado) y, con desgana, se persignó como en una rápida y contundente sacudida.

El sol brillaba en lo alto del cielo y los árboles se mecían gracias a un viento que distaba muy poco de poder ser considerado incómodo.

Entonces, mientras el ataúd era introducido en el estrecho cubículo que lo acogería para siempre, con ese insoportable sonido que hiela la sangre, el hombre recordó la última vez que había disfrutado de la presencia de su amigo.

Y vislumbró que, siguiendo su antiquísima costumbre, éste se separaba los dedos de la mano izquierda con los de la derecha, en un gesto tan característico como incomprensible.

Y las palabras, que guardaría durante el resto de la eternidad como el epitafio desganado que sólo las muertes repentinas y violentas crean, le retumbaron en sus sienes:

"Quizá ellos tuvieran sus razones".

Se marchó antes de que el albañil municipal del cementerio concluyera el tapiado del nicho.

El sol estaba siendo cubierto por un cúmulo de espesas nubes que anunciaban tormenta.

En su lento caminar, se sorpendió separándose los dedos de la mano izquierda con los de la derecha.

Sonrió... Sí, en el fondo, todos tenían sus razones.

10 mayo, 2009

FUTURO


Desde la azotea, la negrura de la noche parecía verse salpicada por golpes de luz.

Tres años antes, mientras apuraba una copa de champagne en la terraza de un lujoso hotel de Bahrein, había decidido dar un giro radical a su vida, a su porvenir.

Obvió los flashes de las cámaras, los maratones viajeros que le trasportaban de una capital a otra a ritmo frenético, las cenas y recepciones con patrocinadores publicitarios y apostó por un cómodo retiro en algún municipio de la costa.

A final de cuentas, los guarismos de su cuenta corriente constituían un colchón lo suficientemente abultado como para afrontar una pronta despedida de la primera plana de las revistas de moda, de las pasarelas y de los desfiles de alta costura.

Afrontó con paciencia, y no sin cierta alegría, la minoración de llamadas, correos electrónicos y el progresivo abandono de su dispositivo de comunicación que, previamente, permanecía las veinticuatro horas del día alertándole de las más banales circunstancias.

Pero la tranquilidad y el sosiego, sin embargo, causaron, una vez transcurrido un prudencial lapso reparador, el efecto contrario al deseado. El hastío le saludó, transmitiéndole sus deseos de permanecer junto a él hasta nueva orden.

Y ni las primeras escapadas en busca de los misterios escondidos de la Naturaleza y el Mundo le sirvieron para alejar ese resquemor que se le presentaba, con puntual recurrencia, noche tras noche.

De ahí que, ahora, desde la azotea de su inmueble, continúe revisando el corto texto del correo electrónico que pretende remitir a su agente (del que hace casi año y medio que no recibe noticias), valorando si merece la pena, si el camino andado hasta llegar a esta noche no es suficientemente revelador.

"Quiero volver... Sé que no seré el de antes, pero quiero intentarlo. Llámame. Abrazos".

Pulsa la tecla de envío y en el mosaico que a sus ojos presenta la noche, justo al fondo, le falta algo de luz.

Mientras continúa disfrutando, ensimismado, de la quietud de la madrugada, una luz verde parpadea: "Siempre tendremos un hueco para ti. Mañana hablamos".

Y, de nuevo, como en aquel hotel de Bahrein, siente que el suelo parece temblar bajo sus pies. Quizá con menos virulencia, un pavor cauteloso pero menos agitado, como el empellón que se sufre tras experimentar la velocidad de caída de una montaña rusa ya conocida.

Sin embargo, y aunque pueda parecer estúpido, cae en la cuenta de la importancia de la pronta respuesta de su ex-agente... y sus inquietantes repercusiones.

Apura su Dry Martini y desciende por las escaleras. Conecta su ordenador portátil y consulta los vuelos para Madrid. Adquiere unos billetes.

Se recuesta sobre el sillón y suspira, sabiendo que, en cualquier caso, ya nada será como había sido antes.