08 enero, 2012

El Refugio del Horror a la venta en papel.


http://editorialcirculorojo.com/publicaciones/c%c3%ADrculo-rojo-relatos/el-refugio-del-horror/

27 noviembre, 2011

VELOCIDAD


Fogonazo blanco.
Un pelo moreno que camina y se desliza, con precaución, hasta acariciar el medio de la espalda.
Semáforo en verde.
Un cuarto oscuro en el que una mujer arrodillada balancea su boca con un bello movimiento.
Chispas que saltan al rozar una mediana.
Aquella mano bajando, lentamente, hacia la cremallera de unos pantalones.
Fogonazo blanco.
Una mirada al cielo de Madrid desde un ático… con las palabras justas, con las frases perdidas.
Semáforo, otra vez, en verde.
¿En serio has tirado tus calzoncillos? Tres segundos más tarde. Hablabas en serio.
Un choque frontal e inesperado.
Un punto negro que se amplía.
Esos cuatro segundos de indefinición antes de que tu bajo vientre parezca que vaya a romperse… y, después, una sacudida eléctrica que se apodera de tu integridad.
Un pitido, largo y monótono… que parece perderse en la velocidad de la ciudad.

22 noviembre, 2011

EL RESCATE

El discurso del niño comenzó con un lenguaje impropio de su edad.
"Nunca he conocido realmente a mi padre".
Dudó.
"Bueno, hay otros niños a lo que les sucede lo que a mí. Sí. Sus padres solo pueden ir a algunos partidos, y no siempre... Ya, quizá si todos fueran en fin de semana... igual, bueno... la verdad es que tampoco lo tengo muy claro".
Perdió su mirada en un lugar lejano, terriblemente distante.
"A mí ya no me gusta presumir de que mi padre haya vuelto a cambiar de coche. De hecho, a mí, los coches nunca me han gustado... Ahora tampoco. Es más, de pequeños envidiaba a los padres de mis amigos que podían jugar con bicicletas en el parque, con ellos. Pero nunca se lo dije a mi padre... estaba ocupado, en un ordenador o hablando por teléfono".
Sonó un pitido.
"Uff. Este aparato es un aburrimiento. Al principio pensé que sería la envidia de todos, pero luego me di cuenta de que ni tan siquiera servía para que Papá, como me prometió, hablara conmigo más a menudo. Y eso que yo le veía cómo utilizaba su teléfono a todas horas, conversando y conversando con otras personas".
La voz tembló, por primera vez.
"Una vez, Mamá lo cogió cuando yo hablaba. Era muy tarde... Y se marchó de la habitación. Escuché un ruido muy raro... y fuerte. Luego, vi cómo todos los pedazos del teléfono volaban por todos sitios. Papá me trajo uno nuevo apenas dos días después... y me dijo que tenía un juego de fútbol... Yo jamás lo utilicé".
Otro destello de terror en su mirada.
"Anoche mojé la cama. Me avergüenza mucho reconocerlo, pero fue por su culpa... El monstruo vino a por mí y yo sabía que no podía gritar Papá... o que de hacerlo nadie acudiría en mi rescate".

18 noviembre, 2011

LOS RECUERDOS

Y, a pesar de que ahora ya nada importa, siento inquietud al desconocer el lugar donde tus párpados descansan su ajetreado devenir.
La lágrima recorre mi rostro hasta alcanzar la comisura de mis labios, trasladando el amargo sabor de la distancia y la indiferencia.
¿Cuándo se quebrarán los cristales de esta gigantesca pecera?
¿En qué momento el oxígeno va a dejar de acceder a mi cerebro?
Algunos libros van a narrar esta decepción sin reparar en el antiguo carácter devastador de los silencios nocturnos.
Las flores se marchitaron en el alféizar de mi ventana, en el que la nieve habitó con desmesura.
¿Qué significa expiar?
Recuperando archivos que debían de residir en un lugar menos accesible, principiamos el sendero sin vuelta atrás.
¿Dónde se hospedan las viejas damas que relataban el futuro de un porvenir ya vivido?
¿Quién nos mintió?
He marcado en el mapa una cruz roja en aquellos lugares en los que dibujamos nuestra estrella sin luz.
Me gustaría olvidar los acordes de aquella canción... que dispara, impasible, como un frío y calculador francotirador.
Algún viejo trastornado arranca, en el parque de al lado, los sellos de las postales que decidimos arrastar a la basura.
¿Por qué no supimos viajar sin preguntarnos el horario de llegada del pasaje de retorno?
¿Dónde guardo tus recuerdos?
Trasládale saludos de mis miedos.

13 noviembre, 2011

LA IMAGEN PERDIDA

Le reconfortaba descubrir ese olor añejo que desprendían los tapices.
Después, caminaba con parsimonia, elegía una botella de vino y la descorchaba, permitiendo que el aroma ascendiera hasta embriagarle levemente.
Llenaba apenas dos dedos de la copa, mojaba sus labios, perdía la mirada en un infinito que sobrepasaba la estrechez de las cuatro paredes de la estancia y, con ira desbordada, estrellaba el recipiente en el suelo, apreciando cómo el líquido conformaba un charco que asemejaba sangre.
Solo entonces, en el descenso de esa cima de desesperación, el verde intenso de aquellos ojos se le aparecía como una visión inquietante.
Y aquel eco suave de voz que, al igual que las sirenas, susurraba en un cántico que entonaba, metafóricamente, el inicio del fin.
Entonces enloquecía. Preso de un ataque de extrema velocidad rebotaba, una y otra vez, con las paredes, hasta derrumbarse en el suelo, puños apretados, dientes tensos, un grito ahogado pugnando por brotar de su pecho, desehecho...
Sacando fuerzas de flaqueza, golpeaba con los puños en el suelo, percibiendo la frialdad y la dureza de las baldosas, hasta que ésta dejaba paso a una sensación de húmedo calor... y dolor palpitante.
Recomponía su compostura... recogía los vidrios del piso y los colocaba, sin orden ni concierto, en el bolsillo derecho de su chaqueta.
Escapaba, con los ojos cansados, de la sala de tapices, enmudecido y temeroso de esa mañana...
Sí, también de esa mañana... y de cualquier otro mañana... en el que la imagen perdida volviese a aparecer.

11 noviembre, 2011

ALIENTO

El quería contar, en una sola palabra, un sentimiento inusitado.
El relámpago veloz e incontrolable que, súbitamente, le recorrió el cuerpo cuando adivinó aquellos caramelos.
Con interés distraido observó cómo su pantalla se llenaba de ventanas y recuperó una palabra que, siempre, le había parecido inadecuado para tal realidad... troyano.
Recordó la última vez que había saboreado la insípida frialdad de la nieve... y sus labios musitaran el comienzo de una oración de la que había olvidado su continuación.
Y, por un momento, maldijo el descuido de la mujer que limpiaba la mesa de su oficina.
El viento también ojeaba los retazos de una vida que transcurría a una velocidad despiadadamente irreal.
En la habitación de al lado dos cuerpos se compartían por primera (y última) ocasión y referían historias que ni siquiera podían haber acontecido sobre las tablas del más antiguo teatro.
Ascendió varios pisos y se relajó cuando el viento le azotaba la cara con una mezcla de inmisericorde pasión y evocadora traición.
Desde la altura, los coches se antojaban minúsculas cajas de hojalata, aceleradas y luminosas.
De repente, percibió una mano que se posaba en su hombro.
Tiritó.. pero no dijo nada.
En su lengua apareció un sabor parecido al ginseng...
No quiso volver su rostro...
Y, cerrando los ojos, sonrió.

06 noviembre, 2011

ELECTROCUCIÓN


Electrocutar: Matar por medio de una corriente o descarga eléctrica.

Diez hertzios pueden provocar unas percibibles contracciones musculares.
Y la habitación, en penumbra.

El sonido sibilante de una serpiente que saluda a su presa, antes de acabar con ella.

Las corrientes que envían mensajes contrariados.

La lluvia, en el exterior, que golpea con fiereza los cristales de una habitación abandonada.
El otoño cantando una ópera de la que ha olvidado el título.
Los relojes marcando horas urgentes.
La ciudad gritando agobios en un escenario salpicado de paraguas abiertos.

Los niños saltando en los charcos, destrozando sus nuevas botas de agua.
La bajada de tensión.
La tensión de la subida.

Aquellos sueños rotos...
Respuestas obviadas.
Preguntas canallas.

El planeta girando mientras las palabras ya no significan nada.

Electrocución...
Una palabra abandonada en la página en blanco, huérfana de compañía y de imaginación.

Los retratos de antiguos héroes que la Historia no deseó honrar.

Madrid, bajo la lluvia, en la oscuridad de una tarde de horario cambiado.
Y las fotocopias que habían de conformar la nueva edición de un fanzine perdiendo tinta, indefensas ante los golpes de las gotas de la lluvia.

Electrocución...
Un poema de una sola palabra.

31 octubre, 2011

LA MEMORIA DE LA MARIPOSA

¿No te ocurre como a mí?
¿O es que, acaso, has olvidado, tan rápido, el sabor de las sorpresas inesperados que comulgan de la complicidad literaria?
¿Quieres decirme, con honestidad, que no añoras, entre las gotas de la fina lluvia de hoy, salir a pasear de madrugada por las calles malolientes de Madrid? Robando horas al sueño, sustrayéndoselas al más incierto porvenir.
Quizá, ahora que nuestros relojes señalan la misma hora pero su significado es distinto, no adviertas la ausencia del sonido de un teléfono al que ya no deseas responder.
Sí, lo asumo, has olvidado tu punto de lectura en alguna página dura y descarnada, brutal, de ese libro que se cierra con una pregunta (que es la llave de otras y que, jamás, me vas a formular).
Ahora, entre los huecos mínimos que crea el agua en su caída libre, me pierdo en evocaciones... y maldigo mi mala memoria cuando el alcohol trasiega a sus anchas por mi sangre.
No te ocurre como a mí, ¿verdad?
Aún no has sentido el pavor de revisitar aquellos lugares y permanecer esquivo y ajeno a la realidad de este siglo, de cualquier siglo (sin ti).
Entre el filo de esos blanquecinos cojines habitan los miedos de una estancia que nos permitió atisbar un precipicio en el que, de un modo cauto, decidimos no adentrarnos.
Ya... ahora que las gotas de agua surcan el frío cristal en el que reposa mi perdida mirada, me miento e invento nombres para un perfil oriental que descubrí en el anonimato de las letras y que, hoy, en la pesada soledad de la noche, revolotea como una tenebrosa mariposa.
Alada y pícara... inalcanzable.

30 octubre, 2011

EL CAMPO DE LAS FLORES

Parecía un campo de flores, salpicado de los más puros y evocadores colores en una auténtica e irrefrenable tormenta de arcoiris en buena amistad.
Las parejas de enamorados paseaban, con parsimonia, embeleso y sonrisas cómplices, al amparo de los rayos de un sol plácidamente cálido para lo avanzado de la estación.
El hombre de la esquina lo observaba todo con detenimiento, permitiendo que su vista enfocase los detalles, para abrir a un plano más general en el que el escenario se introducía hasta las calles que, como ramificaciones, confluían en la bulliciosa plaza.
Y apuntaba, con el trazo hábil de su lapicero afilado, bocetos que, luego, abandonaba para iniciar, frenéticamente, alguna nueva creación.
De repente, todo se quebró a la velocidad inesperada de un rayo que cae, desde el cielo, en el medio de ningún lugar, sembrando, a iguales partes, de luz y miedo su alrededor.
Una sombra negra, fugaz y ágil, se encaramó a la fuente, concretamente a la estatua ecuestre que la coronaba, rindiendo homenaje a alguna victoria, en campo de batalla, que, a buen seguro, se cobró vidas olvidadas por el escultor... y por la Historia.
La confusión se hizo dueña de la escena y, por doquier, algunos huían, otros lloraban y, los más, permanecían absortos, observando las bombas que rodeaban el cuerpo del hombre que gritaba desde lo alto de la fuente.
Solo el hombre de la esquina mantenía la tranquilidad, terminando los detalles de una pistola que se asomaba por la ventana.
Justo cuando se oyó el sonido de un único disparo.

29 octubre, 2011

MUERTE MODERNA



Puede que fuéramos más felices cuando desconocíamos el significado de la palabra implementar.


Sí.


Cuando nuestro discurso no se hallaba salpicado de términos anglosajones que adoptan los más variopintos significados.


En aquellos instantes en los que la urgencia se personificaba en una tétrica llamada telefónica a altas horas de la madrugada y no, como ahora, en el intermitente parpadeo de una luz roja en nuestro dispositivo electrónico. Esa hospedería en la que cohabita la correspondencia pendiente de ser tramitada con las fotografías de nuestro últimos viaje transoceánico.


Sí.


Igual nos equivocamos al acceder a este expreso, veloz e inmisericorde, en el que, ni tan siquiera, nos han ofertado un billete de vuelta.


Miramos por la ventana y las estaciones en las que debieran de acometerse paradas han sido asoladas por el terror.


Es curioso, sonreíamos más cuando nuestra cartera pesaba menos y concedíamos una importancia muy liminal al hecho de que la tarjeta de visita estuviera impresa en ambas caras, en distintos idiomas.


Anoche, cuando las estrellas simpatizaban con la canción desafinada del otrora brillante vocalista, calculaste el precio satisfecho a este gigante que no dudaría en aplastarnos sin deparar una fugaz y última mirada a los ojos.


Maldita sea, perdimos la incertidumbre y la ilusión de introducir la llave en nuestro buzón, a la búsqueda de algo más que facturas.


Quiero creer que nuestros dedos aún sentirán dolor al sentirse exigidos por el mantenimiento de posiciones que, no hace tanto, se erigían en ejercicios propios del más avezado contorsionista.


Despedimos a nuestros sueños, conforme el número de guarismos que poblaban nuestro recibo de salarios crecía (en un acto coetáneo a nuestra posición de genuflexión).


Ya no sonríes cuando escuchas el timbre de aviso de tu teléfono móvil.


Habitamos indumentarias a medida que esconden el resquemor de nuestros castigados cuerpos y nos miramos a espejos sin reconocer la imagen que nos resulta devuelta.


Estudiamos las innovaciones cosméticas para no descubrir, al exterior, los impactos que las noches sin dormir dibujaron en el contorno de nuestros ojos.


Nos especializamos en extensas cartas de comida oriental y preterimos el suave y sutil amor con que se trabajaron los platos cocinados en la estrecha cocina de un apartamento casi inhabitado.


Quizá ya ni el delicado sabor de este malteado que pacifica nuestras sienes nos repare como la primera vez.


Nuestra muerte no dejará rastro, decidimos que nuestra vida tampoco lo hiciera.


Ni siquiera alguien se encargará de guardar nuestras cartas de amor en una vieja caja de hojalata.

25 octubre, 2011

NIHONRYORI


A D. José Aróstegui, por la certera (y sutil) precisión. Suyo. Siempre.

Se adivinó siguiendo el recorrido del plato de niguiri de salmón, en su camino mecánico por la cinta transportadora.
Recordó el agrio sabor del tequila.
Se antojó ebrio, recorriendo las callejuelas oscuras de esa ciudad desconocida, golpeando su cuerpo en cada recoveco.
Antes había acaecido aquel dudoso episodio de whisky y vidrios rotos, y un duelo a muerte, con palabras malsonantes, aderezado con la música de fondo de Johny Cash.

Ahora, absorto en la procesión de platos orientales sobre el camino construido, temía que no existía más opción que continuar huyendo.

Desde la quietud de la insana intoxicación etílica, con la vista suspendida en un ayer elocuente y no necesariamente evocador.

Enfrente, una joven pareja se dedicaba carantoñas y él construía, con la servilleta, un ramo de flores...
Papiroflexia - se dijo.

Nadie colocará flores en mi tumba... porque no llegaré a caer tan bajo -y la frase adoptó la forma de estrofa en su cabeza.
Necesitaba algo más de alcohol.
Pidió una cerveza, y la camarera le ofertó dos marcas inexplicables.
Contrariado, se levantó de la incómoda silla de plástico y derrumbó la arquitectura gastronómica en movimiento.

La sala quedó en silencio.

Él tiró unos billetes arrugados... y se marchó.

22 octubre, 2011

LAS NOTICIAS


Atesoraba aquellos papeles entumecidos por el tiempo como una joya de incalculable valor.
Mantenía una rutina estricta.
Cada sábado por la mañana, una vez que había disfrutado de un frugal desayuno, las más de las veces un café recalentado apenas cortado con un hilo de leche fría, abría la caja de madera y, con sumo cuidado, los extraía.
Los desplegaba, uno a uno, hasta que cubrían la mesa del salón y, solo entonces, descorría con, parsimonia y ritual, la cortina, para que la luz penetrara en la habitación, inundándola de luminosidad.

Entonces, se sentaba y permitía que su mirada los analizara, primero de un modo global y, después, deteniéndose en cada uno de ellos, siguiendo una mecánica cronológica, recuperando cada evento según fue narrado en aquel corto espacio temporal.
Y los recuerdos se apretaban en su mente, como el gas de una bebida que ha sido agitada empuja el tapón con presunción y fiereza.
Al acabar, indefectiblemente, cuando volvía a recoger los papeles y anudarlos en una goma elástica, las lágrimas bañaban su rostro.

Recuperaba la última imagen de ella, tranquila y confiada, justo antes de coger su bolso y marcharse.

Para no volver... jamás.

16 octubre, 2011

LA INCERTIDUMBRE DE LA ETERNIDAD

Ya solo la sombra de tu fantasma habita en los recovecos de las habitaciones transparentes.
El texto del adiós quedó olvidado entre un legajo de documentos mucho menos perentorios.
El alguacil visitó todas las estancias, apagando las luces olvidadas, pero descubrió notas manuscritas que revelaban más de lo que podía asumir.
Incluso los relojes se detuvieron cuando escucharon aquel taconeo firme e indubitado.
La madera crujía de dolor al sentir esa postrimería en forma de despedida artística.
La luna se balanceó en el lecho de estrellas que la esperaban para acunar un sueño interrumpido.
Los coches se pararon aunque los semáforos estaban en verde.
La Gran Vía escupía fuego a la estatua de la diosa Cibeles.
Madrid escribía un epitafio desaforado de dolor resquebrajado.
Los niños lanzaban sus sonajeros al suelo, pidiendo un segundo más de comprensión.
El vigilante arrancó aquellos papeles, los depositó en el buzón más próximo...
Desconocía la dirección en la que los esperaban... pero era de ley que no fueron custodiados por el olvido.
Y reposaron en la incertidumbre de la eternidad.

07 octubre, 2011

CUANDO YA NO QUEDE NADA


No sé si hoy o en cinco años...
Desconozco el instante preciso en el que, sin temor, pueda pregonar la locura de amor que nos abraza.
No importa.

Puede que, como las olas del mar con las rocas, intenten erosionar nuestra integridad y uniformidad.

Erraran... y apenas será el golpe de un púgil que, ya noqueado, pretende lanzar un último guante hacia el título.

En el febril espejo de mi puerta, el reflejo ha decidido apostar por la lucha... como años atrás, cuando las esquinas eran las estrechas vías por donde se huía de la clandestinidad a un paraíso encontrado de besos y abrazos robados sin previo aviso.

No busquen en los mapas... no hallarán la huella de nuestros pasos en ellos... ni tan siquiera un atisbo de su presencia.
Hoy, en tu figura que descansa con elegancia al lado de mi pecho, recupero la fe de una creencia infinita, mientras las nubes se quiebran en un horizonte teñido de color magenta.
Deslavazo palabras robadas a mi sentimiento y cuento los minutos que restan para que tus ojos, adormecidos, saluden, sin excesivo vigor, la luz del nuevo día.

Nadie va a entender mi canto... mi sentido deletrear los bombeos de sangre de un corazón atado a tu respirar.

Puede que el cielo, el eterno testigo del escondite, de este juego equívoco y maltratador, cierna sobre esta mañana una repentina y elocuente oscuridad.

En el fondo de mi pecho, retumba una voz que proclama, sin miedo a ser escuchada, que no me faltarás cuando ya no quede nada...

Nada...

02 octubre, 2011

EL RUMOR DE LA DESPEDIDA

Nadie lo va a entender.
Es un susurro débil, y apenas perceptible, que acaricia el cúmulo de hojas caídas por el otoño.
Un gemido sutil y acompasado.
El pellizco tétrico y sibilino del viento cuando dices adiós.
Los edificios enmudecen desde su ingente soledad.
Las luces de los semáforos detienen su colorido movimiento.
Las palomas se refugian bajo el calor abotargado de los motores de coches mal estacionados.
Las chicas que escapan de sus clases de universidad no sueñan con un mañana mejor, ni siquiera ansían ese mañana.
Las hojas del diario relatan un curioso asesinato serial todavía sin resolver.
Las flores han tornado mustias.
Todos los ascensores quedaron trabados en el hueco de la planta que debía de numerarse con un revelador trece.
Las azafatas no saludan a los miembros del décimo congreso de enfermedades incurables.
Mi habitual proveedor de sustancias ha abrazado la fe católica.
La señal de televisión codificada solo emite programas de cocina.
En el reproductor musical, desde que tu anuncio resquebrajó los sentidos y las orientaciones de la rosa de los vientos, Dylan ya no sabe rimar.
En la pared donde alguien inscribió aquella historia, levantaron un mastodóntico centro comercial.
El cuerpo de los correos electrónicos que pensaba enviarte quedó bañado de monotonía.
Adiós es un cuchillo ensangrentado, silencioso y ágil como el rumor de la despedida.

25 septiembre, 2011

LO IMPOSIBLE




Desde las últimas semanas se apostaba en la valla y, tranquilo, se enfrentaba al constante aterrizar y despegar de los aviones en las pistas del aeropuerto.



Todo surgió como una costumbre relajante, como el que acude al mar a descifrar el sentido oculto del dispersarse de la espuma de las olas.



Apenas amanecía el domingo, conducía su vehículo hasta el parking del aeródromo, sacaba la silla de tijera y una pequeña bolsa con varias bolsas de snacks y una viejísima cantimplora con la que ascendió, por primera y única vez, el Monte Igueldo.



Se disipaba en el rugido de los motores de las aeronaves al despegar y se admiraba por la belleza en movimiento de los pájaros de hierro en descenso sostenido.



Allí, solo allí, olvidaba el resto.



Esa voz que se le había grabado a fuego en su mente.




El timbre inquieto y nervioso de un amor perdido... de un amor esquivado... desatendido y cansado.



Por eso, incluso los días de lluvia, se agenciaba su paraguas y se mantenía impertérrito, bajo el aguacero, en su actividad contemplativa.



Una tarde, un niño se le acercó y, con mirada intranquila, le preguntó ¿Qué hace?



El hombre le observó, interrogándose sobre el paradero de los padres del pequeño, y, con gesto contrariado, le respondió en tono frío "Olvidarla".



El niño, asustado, se dio media vuelta y corrió a la velocidad que sus cortas piernas le permitían.



Con el hilo de voz que escapaba de su cansado resuello le gritó "No lo conseguirá. Es imposible".



Y el hombre, resignado, se giró hacia la pista de aterrizaje, esperando que un nuevo avión se encaminara hacia su fin.

24 septiembre, 2011

LA ESCAPADA

Era un hombre complicado, de contornos difusos y arduos e intrincados razonamientos, incluso, para las cuestiones más banales y sencillas.
Era, también, un caballero a la antigua usanza; esperaba a que las mujeres atravesaran primero las puertas, aguardaba hasta el final para tomar su ración en los platos comunes, nunca olvidaba su pañuelo de tela y, además, gustaba de elaborar interminables parlamentos para celebrar la oportunidad de compartir mesa y mantel con los más allegados.
Una antigua compañera de las que se descolgaron en medio del exigente y tortuoso ejercicio que suponía asumir sus rarezas, le comunicó, la misma noche en la que le transmitía su adiós definitivo, que jamás había podido soportar su afectación, ni su incontrolable gusto por escuchar las conversaciones ajenas, para luego elucubrar los más variopintos motivos y futuros para las mismas.
Cierta noche, tras haber notificado su deseo de causar, irremediablemente, baja voluntaria en su trabajo, una vieja perfumería tradicional, introdujo todos sus billetes en la cartera y se encaminó a la estación de autobuses.
Con extrema cortesía y una voz impostada pidió un pasaje para el siguiente trayecto.
Esperó en la dársena y ascendió al vehículo con parsimonia.
Pidió al conductor que le despertaran al alcanzar el destino.
Cuando, una vez concluido el viaje, el empleado de la línea de autobuses se encaminó hacia su asiento, le encontró pálido, abrazando un libro de poemas de Rilke.
En vano, procuró despertar al cliente sin provocarle un efecto sorpresivo.
Inquieto, solicitó la ayuda de los servicios médicos de emergencia de la estación.
Varias horas después, el Juez levantó el cadáver y pidió, a los efectos que fueran oportunos, que no violentaran el abrazo pétreo que el rigor mortis había causado.
Sorprendentemente, fue la única ocasión en la que el hombre no agradeció un bello gesto o deferencia.

21 septiembre, 2011

AVENIDA DEL DESENGAÑO

Hay rostros que mienten.
Bueno, quizá lo anterior sea incorrecto.
Puede que solo sean las miradas las encargadas de delatar esos espacios sustraídos a la verdad.
Aunque, en puridad, posiblemente lo más revelador sean esos tres segundos de silencio en los que la conversación permanecen suspendida de un invisible hilo todopoderoso...
Sí, al menos podría intuirse la presencia de esa sensación...
En su mirada, en sus silencios, en el impostado modo en que recobró la frase, mientras sus ojos se perdían en la lectura del nombre escrito en la placa de la calle.
Avenida del Desengaño.
Y algo pretextaba que esa misma Avenida denominaba un pasado concienzudamente cubierto del más impenetrable tenebrismo.
Su mirada mentía... en aquella otoñal tarde de Madrid.

18 septiembre, 2011

LA TRAGEDIA CÓSMICA



Él se lo susurró al oído (adoro saber que no llevas nada debajo) y ella sintió como una descarga eléctrica le recorría lentamente la espalda.

Apenas le sonrió... y entrecruzó las piernas.

Se miraron a los ojos y él la besó apasionadamente.

Los relojes, como antaño, importaban.

Él perdió sus manos bajo los pliegues del vestido y se alegró al saber qué ella lo recibía con un suave camino perlado de humedad y calidez.

No se detuvo.

Venció el peso de su cuerpo sobre los brazos y los flexionó hasta llegar a besar sus entrañas.

Ella le recibió con un grato y suave estremecimiento.

Él la besaba con tranquilidad y permitía que su lengua se adentrase con sigilo y despaciosamente por sus profundidades.

Ambos sabían que esa era su única verdad... y que, de un modo inexplicable, era la mayor de las mentiras.

Ella le oprimía con una firme presión que transmitía el recorrido de la tensión y el placer.

Él no deseaba más que sobre el planeta impactase un enorme meteorito que iniciase la tragedia cósmica.

Y que todo se interrumpiera antes de finalizar...

Ella descargó tres espasmos.

Y la alarma les devolvió a la cruda realidad de anotaciones rojas en páginas de agenda...

De nombres en clave.

De esquinas escondidas.

De amores novelados.

A una realidad que se emborrachaba de la tragedia en un universo amenazado de muerte.

15 septiembre, 2011

LIBERTAD INVOLUNTARIA

- ¿Pretende que me crea su historia?
El policía caminaba con pasos cortos, rodeando al hombre esposado y, en cada circunferencia, acortaba el radio, haciéndole sentir su proximidad.
El hombre no contestó.
- ¡Maldita sea! -acompañado de un sonoro y efectista puñetazo en la mesa. ¿Me quiere explicar, entonces, cómo demonios justifica que encontrásemos rastros de su semen en la boca de la difunta?
El reo construyó una sencilla explicación mental, acompañada de cierta ironía para con el desconocimiento del Comisario, una ocurrencia que, al relacionar a la esposa del investigador, prefirió guardar en algún recóndito paraje de su memoria.
- Ya le he confirmado que mantuvimos relaciones sexuales esa noche.
El policía entró en cólera.
- ¿Y aspira a que sea creíble que la chica se fuese de su casa, tomase un taxi y apareciera en la puerta de su casa muerta, cuando no se han encontrado más huellas dactilares que las suyas sobre su cuerpo?
Silencio.
- Maldito bastardo... ¿me desea engañar?
El hombre se contrajo.
- Puede creerme o no, pero yo no la maté.
- ¿Y las heridas que la desangraron?
- No sé de qué me habla.
El Comisario encendió un reproductor y, sobre la pared, se proyectó la imagen de una mujer yacente, aún con los ojos abiertos, vacía... inerte.
- Vamos, cabrón, dígaselo a ella.
El reo entrecerró los ojos.
- No la conozco. Bueno, ahí, ¿sabe lo que quiero decir?, en esa foto... no la reconozco...

El informe psiquiátrico que lo salvó de la cárcel concluía con la palabra parasomnia.