12 mayo, 2010

LA LLUVIA SOBRE LISBOA


Algún día cesó de llover sobre Lisboa...


Todo ocurría con retraso.

Nada, en el fondo, exhibía sus colores reales.

La mujer más bella del mundo había posado, sin saberlo, para una guía turística de la ciudad con más embrujo del planeta.

Y el caminante terminó por romper su silencio y aseguró que mataría por esos ojos a los que había visto llorar.

Quizá también les había causado dolor, desconfianza y llanto.

Pero prometió, escribiéndolo en su agenda de tapas negras, que jamás volvería a hacerlo.

Y apretó el bolígrafo para que la tinta impregnase bien el papel con una sentencia en la que prometía no fijar sus ojos, ni su mente en ninguna otra persona del universo.
Ni en otro color azabache.
Solo el brillo de sus labios recién pintados.
Únicamente la suavidad de esos dedos en los que depositaba un beso cálido y silencioso.

Una condena.

Una redención.


Algún día cesó de llover sobre Lisboa...

Aquella jornada, ambos pasearon, cogidos de la mano, hasta llegar a un restaurante apartado y oscuro del Bairro Alto.

Él musitó su deseo de futuro.

Y ella, sorprendida, sonrió y, algo temblorosa, afirmó.


El resto fueron bellas imágenes que fueron retratadas en una recóndita playa en la que él, completamente miope, pretendía leer, mientras ella aún paseaba por la arena con ese aire de sirena epopéyica.


Algún día cesó de llover sobre Lisboa...

Y sobre la mesa de mármol de ese coqueto restaurante escondido aún reposa una inscripción que afirma el eterno amor.

EL CADÁVER


El cadáver apareció en la bañera sin previo aviso.

Reconozco que la primera impresión fue de pánico.

Atroz.

Quizá si el grito se ahogó en mi garganta fue, única y exclusivamente, porque la razón aguantó el predicado de la visión.

Era de madrugada.

Concretamente la sexta vez en la que me despertaba durante esa noche.

Nada nuevo... pero igual de insano e insufrible.

El cuerpo me sonreía con una mueca huesuda y destartalada.

En el piso de la bañera, reposaban un anillo, solitario con diamante engastado, y una alianza.

La cogí con cuidado y descubrí que su interior no se hallaba grabado.

Opté por mantener esta suerte de repentina convivencia y me marché a la cama.

Todo transcurría cordial hasta que resulté empujado por una fuerza indescriptible (y seca) al suelo.

Encendí la luz y su sonrisa se arrebujaba entre mis sábanas.

Su imagen era plácida.

Reparé, pensando cómo no lo había hecho con anterioridad, en que la presencia mantenía vigoroso y luminoso (intacto, provocador) todo su cuero cabelludo.

Una larga y rizada melena algo más clara que azabache.

Retiré un cojín y me marché hacia el sofá del salón, pretendiendo encontrar una paz que parecía que se iba a alterar de forma más que continuada.

Unos veinte minutos más tarde, había logrado conciliar el sueño, cuando, como un fogonazo, la televisión comenzó a emitir (en un chorro de luz desmedido) una película inspirada en la novela Bajo el volcán.

El cadáver se cruzó de piernas y sonrió (si es que alguna vez había dejado de sostener ese imperturbable rictus).

Caminé hasta la cocina, descorché una botella de vino y preparé dos copas que dejé en la mesa baja que casi golpeaba mi repentino compañero.

No prestó atención a la bebida.

Pasadas unas cuantas horas, el despertador sonó en la habitación.

Corrí a apagarlo y me dirigí a la ducha.

El cadáver continuaba allí.

El calendario refería un rutinario dos de noviembre en el Distrito Federal.

10 mayo, 2010

LA ERMITA


Le miré fijamente.

Su rostro transmitía intranquilidad.

Miedo.

O, al menos, esa inquietud de los espíritus errantes que entienden que, todavía, existe crédito suficiente para la apuesta por el devenir.

Su equipaje era pequeño y la mochila estaba sucia, muy castigada por lo que aventuraba un existir que comulgaba poco con el reposo y el sedentarismo.

Rara vez sostenía mi mirada.

Parecía no tener prisa, pero entre susurros hablaba de visitar ciudades como Roma, Pekín, Buenos Aires, Lima y Lisboa.

También se antojaba, entre sus reflexiones, la rememoración de episodios en lugares muy lejanos.

Vividos entre el pesado humo que puebla las estancias más angostas y oscuras.

Espacios poco recomendables para hombres que sienten miedo del brillo de las hojas afiladas de las navajas o del plateado color de los cañones de los revólveres.

Lo observé durante largo tiempo.

Intenté romper mi silencio y preguntarle, tan solo, qué sería lo siguiente.

Entonces me dedicó su gesto, compuesto por una mirada acuosa y perdida y un rictus acostumbrado a encajar los sinsabores de la vida.

Balbució.

"Muchacho...".

Presté atención, sin interrumpirle.

"Muchacho... -repitió. He visto la celebración de un enlace en el que los invitados amartillaban sus pistolas y el sacerdote había olvidado el texto de las Sagradas Escrituras...".

Su visión provocó en mi cierto ataque de risa que contuve a duras penas.

El hombre continuó su perorata, imperturbable.

"Muchacho... se estaba oficiando un funeral... y el ataúd, para sorpresa de todos, estaba vacío. El muerto había desaparecido... se había esfumado".

Estuve a punto de interrumpir su discurso pero, de repente, muy alterado, pronunció las siguientes palabras:

"Muchacho... todos estaban muertos. Cargaban sus armas en manos pálidas y huesudas y apuntaban, con sus armas, mirando por las cuencas vacías de sus ojos".

Se levantó y, rápidamente, empezó a correr.

"He visto esa ermita, muchacho... y quiero reposar allí".

08 mayo, 2010

INCIENSO


Por la inspiración... y el permiso (y algunas cuestiones más)... gracias.


El paquete de incienso apareció en el suelo.

Estaba allí desde algún momento indeterminado de la madrugada anterior (e interior).

Los gatos huyeron de los tejados para refugiarse en el sanatorio de lunáticos del valle.

Todo ocurría sin observar las leyes de la Física hasta el momento conocidas.

Los cajones se abrieron y cerraron, automáticamente, desafiando cualquier tipo de quietud.

De los grifos del baño, el agua caía demostrando su más completo arrojo y libertad.

Nada volvería a ser como antes.

Nada volvería a ser.

Nunca.

Jamás.

Si es que la medida temporal mantenía, todavía, su anterior relevancia.

No lo olviden, el paquete de incienso apareció en el suelo.

Pero, ahora, ya no estaba allí.


El calamar se empeñó en salir del agua para recitar sus cantos.

Los tentáculos del pulpo pulsaron las teclas del piano.

El salmón evitó situarse en la pendiente del río y olvidó el contenido de las partituras.

Y, sin embargo, la música continuaba sonando mientras el barco se hundía.


No preocupaba a nadie, hasta que las manecillas del reloj dejaron de avanzar para iniciar un perturbador retroceso... imparable.


Y el paquete de incienso volvió a aparecer en el suelo.

04 mayo, 2010

EL EXPERIMENTO


El experimento era lo único que merodeaba su cabeza.

Llevaba haciéndolo unos quince años.

Pero el momento había llegado.

Las camas estaban preparadas.

La dependencia había sido pintada de un negro completo y riguroso.

No existía filtración alguna para la luz.

Las siete camas estaban alineadas.

No les serían proporcionados ni víveres ni agua durante la observación, ni durante los dos días anteriores.

El habitáculo se hallaría íntegramente insonorizado.

Ninguno de los individuos que conformaran la muestra podría conocerse previamente.

Ninguno de ellos podía tener lazos o vínculos familiares o afectivos con ningún ser humano.

Valdrían indigentes.

Los más desharrapados.

Los olvidados.

Ellos serían los más adecuados.

Justo antes de entrar en la sala, desnudos y con una venda negra, percibirían el agudo pinchazo en el brazo, y una sensación líquida recorriéndoles el cuerpo.

Todo comenzaría unas cinco horas después.

Las alucinaciones.

Los gritos.

Las alteraciones de la personalidad.

No era descartable algún brote de violencia incontrolado entre los individuos.

No resultaría descabellado pensar en episodios de autolesión, incluso de automutilación.

Franz, el doctor, no podía conciliar el sueño.

Si su hipótesis era acertada, el mundo habría llegado a su fin.

Si era errónea, la humanidad continuaría muriendo... y matando.

Solo había que esperar a ver cómo reaccionaban siete hombres encerrados, sin comida, ni agua... y sin recuerdos.

EL CAFÉ SIN NOMBRE


Desde el ventanal del café sin nombre, una mujer desliza una flor en un sobre perfumado.

El tecladista dejó parte de los instrumentos en la acera de la calle y se colocó, bajo el negro chaleco de lana, su fina corbata de seda.

Miró a un lado y a otro, pero sus ojos no alcanzaron a los de la mujer.

Resignado, cargó todo el equipaje, se abrazó al bajista, oteó la encrucijada y escupió.

Abrió la portezuela de su furgoneta, de color celeste, y se aseguró que el mapa de carreteras estuviera en el salpicadero.

Ella continúa ensimismada, observando cómo las gotas de agua recorren el cristal, dibujando rutas que se unían y escapaban a la dirección lógica prevista.

En un gesto involuntario, su mano derecha visita el lóbulo de su oreja izquierda.

Recuerda unos pendientes de cristal, largos, que ahora ya apenas utiliza.

También le viene a la memoria el rostro de un hombre que, sin embargo, nada tiene que ver con ese regalo.


El músico avanza por la carretera con el gesto triste.

No quiere dormir, tras el concierto, en ningún hotel, prefiere retornar tras concluir el recital.

Algo la hace aparcar en el arcén y, en apenas veinte minutos, ha escrito una bella canción de desamor.

Despistado, se descubre viendo cómo las gotas de agua dibujan senderos inextricables en su espejo.


Ella abandona el café, y se interna sin paraguas en la lluvia.

Él abre la ventanilla y confunde sus lágrimas con el agua.

03 mayo, 2010

LA VOZ DE ARY


Tú ya no miras con esos ojos.

Yo escondo algunos sueños entre mis muecas.

Ambos envidamos, sin cartas apropiadas, en una jugada que ninguno quiere ganar.

Y el sol enseñorea los lujosos áticos de una ciudad que descubrimos a ciegas.


Puede que nadie lo vaya a entender jamás, pero mi cabeza está siendo permanentemente revoloteada por una mariposa asesina.


Las bebidas que nos esperaban en las antiguas tabernas refrescan otros paladares más agradecidos.

Las banderas que señalaban, en el mapa, los lugares en los que nos hubiésemos entregado han sido pasto de las llamas.

Las habitaciones que deparaban magníficas vistas en el atardecer van a ser derribadas por edicto municipal.


No quiero obtener ni compasión, ni plegarias, solo advierto de esa presencia oscura que me sobrevuela.


He decidido no dar la vuelta a las cartas.

Estimé oportuno olvidar todas las calles que pretendía caminar a tu lado.


Hoy, mientras la puerta de mi casa iba a ser derribada a las seis y media de la madrugada, y corrí a por un cuchillo que defendiese la estúpida integridad física, la voz de Ary Barroso me recordó que los principios son los únicos que te comprenderán cuando abandones tu pasión.

Y olvidas las cartas, las calles, los hoteles, los sueños y el revoloteo (inquietante) de la mariposa que te sobrevolaba.